martes, 6 de marzo de 2012

EL MILAGRO DE CONVERTIR LA GASOLINA EN AGUA


Tanto legos como peritos en materia financiera dominan un vocabulario que, a fuerza de reiteración en los medios de comunicación, corre peligro de secularizarse hasta la profanación, y es que detrás de expresiones tan mundanas como “Producto Interior Bruto”, existe un soporte tan complejo que, los que sabemos que nada sabemos, procuramos utilizarla con cautela.
Sirva esta introducción como simple reflexión para darme pié a incidir sobre la insistencia de las noticias sobre macroeconomía que, día tras día, nos hablan de la falta de liquidez en el mercado financiero, del coste de la deuda soberana medido en tasa de riesgo, del inminente default griego y su posible efecto dominó, de las obscenas cantidades de dinero que el BCE pone a disposición de las entidades financieras o de las fusiones, refusiones y contrafusiones, a las que se ve forzado nuestro sistema financiero que terminará condicionando la competencia en el sector ¿en qué sentido?
También es noticia recurrente, aunque no tanto como lo expuesto en el anterior párrafo, el número de empresas que han solicitado, de forma voluntaria o forzosa, concurso de acreedores, el descenso en el número de trabajadores autónomos, los ratios de morosidad de las entidades financieras o el más que doloroso dato de parados nuevos de cada mes.
Pues no es ni aquello ni esto de lo que me quiero ocupar, si no de cuanto acontece entre lo uno y lo otro, es decir, de la relación causa efecto entre los grandes movimientos macroeconómicos y el día a día de las pequeñas empresas.
Los niveles de apalancamiento alcanzados por las empresas españolas han estado por encima de sus posibilidades, en algunos con una tasa de rentabilidad aparejada y en otros cubriendo pérdidas u otras liberalidades, el caso es que unas y otras han visto afectadas su demanda, han tenido que redimensionarse y refinanciarse. Me interesan las primeras (porque las otras tendrían tarde o temprano el mismo fin), las que han invertido y han ganado, las que el primer día de la crisis podrían haber cerrado el “chiringuito”, recoger sus beneficios y liquidar legalmente la sociedad, pero que finalmente decidieron, por vocación, convicción, responsabilidad o incluso avaricia, continuar con un negocio cuyo único objetivo era sobrevivir mientras mermaban los recursos propios. Porque lo que antes era para las empresas su gasolina, lo que hacía mover todo el proceso de suma de valor y generaba rentabilidades positivas, ahora se ha convertido en agua, necesaria para la supervivencia. Imprescindible.
De aquellas noticias  que señalaba en el segundo párrafo se desprende que las entidades ofrecen sus refinanciaciones a unos tipos de interés mucho más elevados, con TAE que duplican o triplican las del año 2008. Las fusiones de cajas de ahorro propician sinergias para los bancos pero para las empresas suponen un efecto contrario, es decir, un euro de financiación en la entidad A más un euro en la entidad B, suponen un euro y medio en la entidad AB. Además estas fusiones generan confusión en las entidades, por cambios (que unos hacen mejor que otros) que al final se traducen en retrasos en el análisis de operaciones, que si llegan tarde puede hacer que se pierda una oportunidad de negocio. Las entidades saben que comercian con agua y por tanto presionan para venderte otros productos que no son necesarios para la actividad empresarial como son seguros personales, planes de pensiones, aportaciones a fondos de inversión… o incluso algunos más sofisticados como coberturas de riesgo, o participaciones preferentes que lo que hacen es introducir un nuevo riesgo en la empresa y que no son ni necesarias ni comprendidas por la pequeña empresa que las firma para beber de la renovación su póliza de crédito. Las entidades financieras, al ver disminuida su cuenta de resultados por su menor actividad prestamista recurren a compensarla con el incremento de las comisiones, que duplican o triplican las de hace cuatro años.
Con todos estos efectos, y con muchos más, tiene que lidiar el empresario cada día, hasta que un día muere de sed; porque perdió una oportunidad de negocio, porque sus gastos bancarios eran muy elevados, porque su rentabilidad económica se redujo, por la presión de un mercado que obliga a bajar costes ante la amenaza de los mercados emergentes, y se situó por debajo de su elevado coste de financiación, porque le han privado de sus pólizas de anticipo de efectos, que nuca habían tenido incidencias, por la política del “café para todos”, y por más medidas tomadas por el oligopolio financiero español.
En definitiva que el milagro de convertir la gasolina en agua, no tiene nada de milagroso y sí  mucho de tendencioso o al menos de oportunista. La solución a todo, como dijo un amigo mío: un ICO  a siete años con uno de carencia