miércoles, 8 de junio de 2011

¿ESTAMOS PREPARADOS?

Los veranos de sequía son maravillosos. Es cierto que aumentan los incendios, las ciudades se ven envueltas por una nube de polución, los campos se secan, hay restricciones de agua, etc., etc. Pero… ¡se puede ir todos los días a la playa! Y eso es estupendo porque tomando el sol y refrescándonos en el mar los problemas se ven más lejos.
En los corrillos de sabiduría ciudadana se comenta que hace falta que llueva, pero yo me pregunto ¿estamos realmente preparados? Porque el primer día de lluvia todos estaremos protestando porque ese día no podemos ir a la playa.
El sentido común de la ciudadanía se refleja en estos tiempos en los movimientos de Puerta del Sol, en las encuestas del CIS, en las redes sociales o en las auténticas Cortes que son nuestros bares. Y todos coinciden en que hace falta que llueva, pero ¿somos conscientes de lo molesta que es la lluvia? ¿de que no podremos ir a la playa? ¿de que habrá que llevar en la mano el incómodo paraguas? ¿de que tendremos que pasar la tarde del domingo entre la modorra y el aburrimiento? Yo de esto no he oído hablar en ningún corro.
Ya ha empezado a lloviznar. Los gobiernos central y autonómicos han comenzado a meter tijera (poca) y los colectivos afectados no han tardado en reclamar lo que consideran suyo y necesario, que seguro que lo es. Y todavía hace falta que se empiece a controlar el fraude, esa economía sumergida que significa el 23% de nuestro PIB. Y que se revisen nuestros salarios, y que las autonomías pierdan ámbito de poder en temas como la educación, 31% de abandono escolar en 2.009. Y que las pensiones sirvan para mantener una cierta calidad de vida y no sean un sobresueldo. Es decir que tengamos conciencia de país y conciencia solidaria.
A lo largo de los últimos años administraciones, personas jurídicas, asociaciones y personas físicas nos hemos convertido en niños mimados dentro del eslogan “pedid y se os dará”. Ahora nos han contagiado una enfermedad, de la que somos democráticamente responsables  de pensamiento, palabra, obra u omisión, cuyo tratamiento es doloroso y para el que no estamos en absoluto preparados. Nos van a llevar al médico como a un niño que teme las agujas y al final nos va a doler más.
Ah, una cosa debe estar clara; hay que protestar, pero para que llueva lo mismo para todos y para velar por la inmaculada gestión de nuestras administraciones. No todo puede ser playa.

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