miércoles, 1 de agosto de 2012

DON PERIQUITO Y EL PARO


 Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escena y en cambio de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución…
De esta forma comienza el artículo publicado el 30 de abril de 1833 en el número 51 de la Revista Española, por un eterno extranjero (allí donde se encontrase) no exento de resentimiento, bajo el pseudónimo de Fígaro y que invito a leer a todo aquel que disponga de tiempo, ánimo, humor o curiosidad, disfrutando de cada palabra y cada frase. Y quizá al lector le surja la misma duda que a mí me surge ¿ya había Facebook en ese año de Dios?
Contextualicémonos antes de nada. Estamos ante el final de la década ominosa, esa que empezó con “los cien mil hijos de san Luis” dando el viático a nuestra bicentenaria “Pepa” y con ella a los no pocos liberales que no consiguieron poner pies en polvorosa. Diez años de absolutismo con episodios tan conocidos como el de Mariana Pineda, que terminarán en septiembre de aquel mismo año con la muerte de Fernando VII. Pero ya la salud del monarca llevaba unos años maltrecha y el liberalismo volvía a apuntar maneras y blablablá.
La frase que Don Periquito maneja con tanta habilidad denota dos cualidades de la época (¿y de esta?), la primera es la facilidad con la que se da crédito a las tonterías y se propalan sin cotejo. La segunda es la fantástica excusa de “en este país” que es como el Disiclin, vale para todo, y que debe provenir de un cierto complejo al que no pienso dedicar más palabras. Por ahora.
En fin que yo empecé esto para hablar del paro, pero entre “pepas”, “marianas”, “periquitos” y “sanluises”, me salí por tangente y es necesario un requiebro sin sentido para reorientar el tema: todo esto viene para justificar que es un gran error reflejarse constantemente en Europa, que si algo está bien o está mal, lo seguirá estando aunque estemos por encima, por debajo o en la media del continente, y si tenemos que compararnos, hagámoslo sobre nuestros logros. Leyendo esta noticia, día en que pretendía publicar este artículo si el tiempo me lo hubiese permitido, no pude evitar sobrecogerme y recoger la pregunta que tanta gente se hace ¿por qué? Y ahora vierto mi opinión:
La excesiva dependencia de la financiación ajena de las empresas españolas provoca que sean muy sensibles a la reducción de financiación bancaria, de esta manera las empresas tienen dos caminos, buscar inversores particulares o disminuir la actividad. En un escenario de contracción de la liquidez, no hacer ni una cosa ni la otra es abocarse al fracaso. La primera opción no está al alcance de muchas empresas, ni es santo de la devoción de los pequeños ahorradores que se inclinan más por la renta fija y sin riesgo (los fraudes siempre son en renta fija), tampoco existe un canal adecuado para ello. La segunda opción es de valientes, que los hay, y propicia destrucción de empleo aunque mantiene la actividad y a algunos selectos afortunados. El que tiene fe en la recuperación del sistema financiero probablemente mandará a toda la plantilla al paro. Por eso las tasas de desempleo en España son elevadas, no es la reforma laboral, no es la formación de nuestra mano de obra, no es la demanda, eso viene después. Todo influye y todo suma, pero lo importante es aquello. Es muy importante diferenciar enfermedad y síntomas.
El crédito tiene que llegar a las empresas, incluso a las malas, que se genere empleo, que aumente el consumo, que crezca la recaudación en IVA, IRPF, IS, etc. lo único que está ocurriendo es que la deuda que antes estaba en empresas y familias ahora está en el pasivo del estado. Es cierto que hay que reducir el apalancamiento de las empresas pero eso ya se verá mañana…
En este informe del BCE, en los gráficos 1 y 4 especialmente, se puede ver en cifras lo que antes he argumentado. Si en el gráfico 4 no estuviese debajo Alemania, el dato sería el mismo y las consecuencias también.
Reproduzco el último párrafo del mencionado artículo, yo no lo puedo decir más claro y asumo que si hace casi 180 años no se le hizo caso a tan ilustre columnista, este humilde perorador es como la voz que clama en el desierto.
“Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: «¡Cosas de España!», contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.”