“Hay en
el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se derraman
por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las
ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este
género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase
son aquellas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan
funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan
fecundo en mutaciones de escena y en cambio de decoraciones. Cae una palabra de
los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de
palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe
eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las
más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a
veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y
causar en las cosas una revolución…”
De esta forma
comienza el artículo publicado el 30 de abril de 1833 en el número 51 de la
Revista Española, por un eterno extranjero (allí donde se encontrase) no exento
de resentimiento, bajo el pseudónimo de Fígaro y que invito a leer a todo aquel
que disponga de tiempo, ánimo, humor o curiosidad, disfrutando de cada palabra
y cada frase. Y quizá al lector le surja la misma duda que a mí me surge ¿ya
había Facebook en ese año de Dios?
Contextualicémonos
antes de nada. Estamos ante el final de la década ominosa, esa que empezó con
“los cien mil hijos de san Luis” dando el viático a nuestra bicentenaria “Pepa”
y con ella a los no pocos liberales que no consiguieron poner pies en
polvorosa. Diez años de absolutismo con episodios tan conocidos como el de
Mariana Pineda, que terminarán en septiembre de aquel mismo año con la muerte
de Fernando VII. Pero ya la salud del monarca llevaba unos años maltrecha y el
liberalismo volvía a apuntar maneras y blablablá.
La frase que
Don Periquito maneja con tanta habilidad denota dos cualidades de la época (¿y
de esta?), la primera es la facilidad con la que se da crédito a las tonterías
y se propalan sin cotejo. La segunda es la fantástica excusa de “en este país” que
es como el Disiclin, vale para todo, y que debe
provenir de un cierto complejo al que no pienso dedicar más palabras. Por ahora.
En fin que yo
empecé esto para hablar del paro,
pero entre “pepas”, “marianas”, “periquitos” y “sanluises”, me salí por
tangente y es necesario un requiebro sin sentido para reorientar el tema: todo
esto viene para justificar que es un gran error reflejarse constantemente en Europa,
que si algo está bien o está mal, lo seguirá estando aunque estemos por encima,
por debajo o en la media del continente, y si tenemos que compararnos,
hagámoslo sobre nuestros logros. Leyendo esta noticia, día en que pretendía publicar este artículo si el tiempo
me lo hubiese permitido, no pude evitar sobrecogerme y recoger la pregunta que
tanta gente se hace ¿por qué? Y ahora
vierto mi opinión:
La excesiva dependencia de la financiación
ajena de las empresas españolas
provoca que sean muy sensibles a la reducción de financiación bancaria, de esta
manera las empresas tienen dos caminos, buscar inversores particulares o disminuir
la actividad. En un escenario de contracción de la liquidez, no hacer ni
una cosa ni la otra es abocarse al fracaso.
La primera opción no está al alcance de muchas empresas, ni es santo de la
devoción de los pequeños ahorradores que se inclinan más por la renta fija y
sin riesgo (los fraudes siempre son en renta fija), tampoco existe un canal
adecuado para ello. La segunda opción es de valientes, que los hay, y propicia
destrucción de empleo aunque mantiene la actividad y a algunos selectos afortunados.
El que tiene fe en la recuperación del sistema financiero probablemente mandará
a toda la plantilla al paro. Por eso las tasas de desempleo en España son
elevadas, no es la reforma laboral, no es la formación de
nuestra mano de obra, no es la demanda, eso viene después. Todo influye
y todo suma, pero lo importante es aquello. Es muy importante diferenciar enfermedad y síntomas.
El crédito tiene que llegar a las empresas,
incluso a las malas, que se genere empleo, que aumente el consumo, que crezca
la recaudación en IVA, IRPF, IS, etc. lo único que está ocurriendo es que la
deuda que antes estaba en empresas y familias ahora está en el pasivo del
estado. Es cierto que hay que reducir el
apalancamiento de las empresas pero eso ya se verá mañana…
En este informe
del BCE, en los gráficos 1 y 4 especialmente, se puede ver en cifras lo que antes he argumentado.
Si en el gráfico 4 no estuviese debajo Alemania, el dato sería el mismo y las
consecuencias también.
Reproduzco el
último párrafo del mencionado artículo, yo no lo puedo decir más claro
y asumo que si hace casi 180 años no se le hizo caso a tan ilustre columnista, este
humilde perorador es como la voz que
clama en el desierto.
“Olvidemos, lo repetimos, esa funesta
expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras
propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y
creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes
de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de
desaliento: «¡Cosas de España!», contribuya cada cual a las mejoras posibles.
Entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, a cuyo
desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso
ejemplo.”
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